El beso

La descarga eléctrica que se produce entre dos lenguas enlazadas tiene el poder de fundir las compuertas del universo interior; el propio y el ajeno. No hay central energética con mayor poder transformador que la emoción. En un beso se unen lo visible y lo invisible y ahí se reconocen con dignidad y respeto los ángeles y los diablos que cada uno carga.

-Hola.
-Hola.
-Hace siglos que no nos vemos.
-Ya te digo.

No hay una receta sobre cómo administrarlos porque cada uno tiene su propio estilo. Queman por dentro y mojan por fuera y, en general, se recomienda que sean húmedos en la medida de lo posible, pero hay hasta besos centrifugados, los que, de tantas vueltas, dejan la lengua seca.

Son indicados en todas las edades y para todas las profesiones; en la infancia son importantísimos y se pueden tomar con leche caliente, en la cama o en el jardín, y principalmente cuando se está malo.
A medida que avanza la vida y sus contratiempos disminuye drásticamente, eso sí, la frecuencia de su disfrute y el número de usuarios, pero se mantiene intactas, independientemente de los años,
dos de las cualidades que caracterizan la demostración afectiva por excelencia: ternura y redondez.

El beso, el verdadero beso, o es tierno y redondo o no es beso.

Están especialmente recomendados para filósofos, militares, ingenieros e incluso abogados, que al principio son muy reacios, pero luego pueden llegan a ser adictos. El mismísimo San Ósculo, patrón
de los besos perdidos era abogado, aunque no muy respetado en los tribunales todo hay que decirlo.

Ciertos especialistas sostienen que son bombardeos celestiales, semillas divinas para evitar que nos pongamos demasiado serios. O sea, cosquillas para el alma. Se dice que incluso el timbre del portal
del cielo se toca a besos, por eso a veces dan calambres.

Por FERACAM

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